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viernes, 1 de mayo de 2015

La quinta torre

El ruido de la calle






Vivo en la Colonia de los Cármenes -un barrio que hicieron los republicanos- con muchos árboles, muchos pájaros, algunos escritores, estrellas de televisión y muchos niños en los patios de las escuelas. Estamos cerca de las Cuatro Torres, que desafían a las águilas, son bellas y vanguardistas. Un amigo mío, que trabaja en uno de los restaurantes de los torreones de cristal y plusvalía, me ha invitado a comer. Yo le he dicho la verdad: me da vértigo.

Nací a tres metros sobre el nivel del Júcar, podía orinar en el río desde la ventana y nunca me he encontrado bien en un laberinto aéreo que los ecologistas denuncian porque provoca contaminación visual. Detrás de algunos rascacielos, como detrás de algunas fortunas, suele haber crímenes. Reconozco que Nueva York es fascinante, pero no me gusta que se sustituyan las estrellas por luces de neón. No me gustan los balcones de vidrio ni los ascensores como sillas eléctricas. Julio Camba no veía esos edificios tan altos como símbolo de la vanguardia arquitectónica, sino como una ofensa al gótico, como arcaísmo y vetustez. Según él, no luchaban contra la especulación, sino la aumentaban: "Los rascacielos -escribió- son la causa de que el terreno esté tan caro".
Los rascacielos son útiles en las ciudades que carecen de espacio, islas o pantanos, que no tienen tierra para enterrar a los muertos; pero carecen de sentido en una Castilla infinita y despoblada. A pesar del origen turbio de los edificios, los genios de la Escuela de Chicago inventaron una nueva arquitectura, no a la medida del hombre, sino a la medida del negocio. Hay rascacielos que se pueden comparar con la Victoria de Samotracia, como los coches de Marinetti: ebrios de espacio. Los de Madrid son bellos desde lejos, fríos de cerca y le dan a la ciudad un aire futurista.
He visto en estos años cómo las Torres Kio se quedaban enanas y en los terrenos de la antigua Ciudad Deportiva surgían los edificios más altos de España: Torre Repsol, Torre de Cristal, Torre PwC y Torre Espacio.
Ahora se anuncia un nuevo rascacielos, cerca del Hospital de la Paz. Alzarán la quinta torre, casi tan alta como la de Babel. El Ayuntamiento de Madrid ha adjudicado la parcela de 33.000 metros cuadrados para el edificio que albergará un hospital privado. «Será el mejor hospital de Europa y, espero, del mundo», ha dicho Juan Miguel Villar Mir. La inversión es de 134 millones de euros y la obra terminará en 2019. La altura de 236 metros de la torre, la más alta de España, será irrisoria si se compara con la de los rascacielos de China o de los Emiratos (el Burj Khalifa tiene 828 metros).
Yo me preguntaba, viendo crecer los rascacielos, cómo ha sido posible que aquella colmena de Cela, aquel lugarón de La Carpetana, sea hoy tan desproporcionada. Los candidatos a la Alcaldía y al ayuntamiento no dicen nada. Por fin pude hablar conCarmona: "Madrid -contestó- va muy mal si en vez de levantar libros, teatros y jardines, levanta torres nacidas de la especulación".
Fuente: http://www.elmundo.es/opinion/2015/04/30/55427a3eca4741a77a8b4578.html


martes, 25 de marzo de 2014

Una despedida

Por Eduardo Jorda - 22.03.2014 | 06:50

Mientras escribo esto, no sé si Adolfo Suárez ha muerto o no. Por desgracia, Suárez desapareció hace mucho tiempo de la vida política, y para mucha gente era una especie de espectro o de muerto en vida. Es muy posible que muchos ni siquiera supieran que estaba enfermo, y tal vez creían que se había retirado por propio voluntad o que ya no quería saber nada de este extraño país que tan mal le había tratado. Otros lo olvidaron a conciencia, por odio o por desprecio, porque para ellos „tanto a derecha como a izquierda„ Suárez simbolizaba los peores vicios de la política, ya que lo consideraban un traidor, un chaquetero, un arribista, un estafador y cosas aún peores. Cualquiera que quiere comprobarlo sólo tiene que ir a Google y teclear su nombre y al lado añadir unas cuantas fechas, 1977 ó 1980, da igual. Creo que hay pocos políticos en la historia de España que hayan recibido tantos insultos, y aquí quiero incluir a quien fue su gran amigo, el general Gutiérrez Mellado, que debería tener una calle dedicada a su recuerdo en cada ciudad y en cada pueblo de este país, aunque por supuesto no las tiene ni las va a tener, porque preferimos dedicarlas a buscadores de setas o tocadores de zambomba.

Repito que no sé aún si Adolfo Suárez ha muerto o no, pero lo cierto es que Suárez empezó a morir hace algo más de diez años, cuando un día estaba interviniendo en un acto público y de pronto empezó a perder el hilo de lo que decía y se fue enredando con las palabras, hasta el punto de que la gente que le escuchaba tuvo que mirar hacia el techo para que no se le notara la cara de circunstancias. Fueron los primeros síntomas del Alzheimer que ha padecido en estos últimos años, esa enfermedad que le había hecho olvidar quién era y todo lo que había hecho en los difíciles „dificilísimos„ años de su gobierno, entre 1976 y 1981, en el periodo histórico más complicado que ha vivido nuestro país en más de medio siglo (lo de ahora, comparado con aquello, es como la tomatina de Buñol al lado del desembarco en Normandía). Los que le trataban decían que Suárez ni siquiera se reconocía cuando aparecía una imagen suya en la televisión, y es difícil imaginar un hecho más triste para un político que logró hacer en poquísimos años lo que nadie se imaginaba que haría.

Cuando llegó al poder, nadie daba un duro por Suárez. Y cuando se fue, mucho menos. Pero se mire como se mire, la Transición „que fue su gran obra„ ha sido el único periodo histórico en al menos quinientos años del que todos podemos sentirnos orgullosos. Y aun así, Suárez se retiró en 1981, casi a escondidas y pidiendo perdón, olvidado por casi todo el mundo y despreciado por muchos que no tenían ni una décima parte de su coraje ni de su talento. Después, Suárez intentó lanzar un partido de centro reformista „el CDS„, pero el centrismo y la moderación nunca han seducido a este país goyesco de los dos gañanes que se pegan garrotazos. Y luego Adolfo Suárez se ha ido extinguiendo en un lento eclipse mental, sin acordarse de nada ni reconocer siquiera a los pocos amigos fieles que le quedaban. Y me pregunto si no será una maldición digna de un país con la memoria enferma „y para ello basta pensar en el 11M o en las manipulaciones interesadas de la Memoria Histórica„ que también haya tenido que morir con la memoria enferma uno de nuestros pocos políticos que se había ganado el derecho a ser recordado y admirado durante muchos años.

Estos días es probable que sólo oigamos comentarios favorables sobre Suárez, pero la triste verdad es que en el momento en que más falta le hacían tuvo que conformarse con muy pocos. Y conviene recordar que cuando Suárez gobernaba no existía el paraguas de la Unión Europea ni había fondos europeos ni nada de nada. Pero lo curioso es que ahora mucha gente considera que la Transición fue una "construcción mitológica", es decir, algo así como una falsificación promovida por el stablishment. Los blogs de la extrema izquierda y de la extrema derecha „los gañanes que siguen combatiendo a garrotazos„ están llenos de estas ideas. El otro día, un egregio profesor de Economía „y no en Corea del Norte, sino en Estados Unidos„ decía que la Transición fue "inmodélica", justo lo contrario de lo que se nos ha hecho creer. Y sí, ya sabemos que la Transición tuvo aspectos mejorables. Pero me pregunto qué habría sido de nosotros si en vez de gobernar Suárez nos hubieran gobernado esos intelectuales que siempre le perdonaron la vida.

sábado, 15 de marzo de 2014

¿Una cita plagiada? por Santiago González

Por Santiago González – El MUNDO.es – 15 marzo 2014

Vaya por Dios. Resulta que Pedro F. Barbadillo ha tenido a bien dedicarme una columna en su blog de 'Periodista Digital', titulada:

"¡Qué alegría! Inspiro a Santiago González, de 'El Mundo'"

Agradezco mucho a Pedro F. Barbadillo que me haya elogiado anteriormente en su blog, según dice,  pero eso no le da bula para dar a entender que le copio las citas, que me lucro intelectualmente con su trabajo.
No me extenderé mucho sobre una declaración de principios que le hice ayer en su blog: nunca he plagiado una idea, un chiste, una ocurrencia, sin citar la fuente, permítanme el pleonasmo. Cualquiera de los 200 blogueros que intervienen en mi blog (más o menos) podrá darle cuenta de esto: Las buenas ocurrencias que muy a menudo afloran de gente inteligente y voluntariosa, me han llevado a crear una sección fija en mi revista de prensa en el Programa de Carlos Herrera , 'Palabras para el mármol', e la que doy a conocer la autoría de la frase, sin adornarme NUNCA con plumas que no son mías.

Con las citas pasa una cosa curiosa, aunque Barbadillo no lo sepa: son propiedad de sus autores, no de quienes las hemos reproducido alguna vez. No debemos confundir una columna con un diccionario de autoridades. Le voy a poner un ejemplo: Si alguien cita en el futuro a De Carreras y aquel discurso de su toma de posesión como presidente, no creeré que debe citarme a mí, (o a Barbadillo) sino a De Carreras. Otro tanto ocurre con la cita de Vázquez Montalbán.

En todo caso le voy a quitar la incertidumbre. No soy lector de su blog. Lo lamento, al ver la alegría que tal hipótesis lleva a su titular. Como le dije ayer en su blog, creer que alguien que hace la misma cita de un tercero que tú habías hecho antes te ha copiado es, no sólo una muestra de un sentido de la propiedad exagerado, sino un ejemplo canónico de la falacia 'Post hoc ergo propter hoc', consistente en creer que cuando una misma cita se publica días después de otra, es porque el autor de la segunda, la ha copiado de la primera.

Permítame describirle el 'making of' de mi columna de ayer: Me senté el jueves ante el ordenador, dispuesto a dedicársela a la última promesa de Mas, de poner las urnas el 9/N. Eran las cinco de la tarde aproximadamente. Sabía cómo quería titularla: 'Más que un Mas'. La ocurrencia la había dejado escrita en mi blog, este mismo jueves, 13, por la mañana, en este párrafo:

"Orwell es también autor de un libro hermoso y terrible, 'Homenaje a Cataluña' y esa es, sin duda, la razón de que el Ayuntamiento de Barcelona, haya querido dedicarle este homenaje, dentro de sus competencias municipales y espesas. El Consistorio barcelonés,  es más que un ayuntamiento, como el Barça es más que un club, Rahola más que una periodista y todo en este plan. Hasta Mas, ahí donde lo ven, es más que un Mas, no les digo más."

O sea, que dispuesto a plagiarme sin citarme a mí mismo, escribí el título. La conexión del 'Más que un Mas' con 'más que un club' no sólo era obligada, sino muy evidente: venía de ahí, aunque yo, como es obvio, no quería hablar del Barça. Después pensé  que sería bueno saber cuál era el origen del eslogan que yo le había leído a Vázquez Montalbán en la revista 'Triunfo' y en 'Por Favor' (primeros años setenta). Pensé, incluso, que quizá fuera él el autor y llamé a Salvador Sostres por ver si lo sabía. La llamada, según el registro de mi móvil, se produjo a las 17:45 del jueves, 13 y duró 12 minutos. Sostres me dijo que no, que MVM había llamado al Barça 'Ejército de Cataluña', pero que lo del más que un club no era suyo. Después busqué en Google. Primero: 'Més que un club' y me salió la página del FC Barcelona en la que encontré este párrafo:

UNA DIVISA HISTÓRICA

La divisa 'més que un club' ('más que un club') tiene una fecha precisa de acuñación y un primer autor.
Fue el presidente Narcís de Carreras, en su discurso de toma de posesión, en enero de 1968, el primero en utilizar esta divisa para definir la trascendencia social que el FC Barcelona tenía en Catalunya. Y, unos años más tarde, en1973, en la campaña para su reelección como presidente de la entidad, Agustí Montal i Costa le dio la fórmula definitiva al adoptarla como eslogan electoral. El Barça es 'quelcom més que un club de futbol' ('algo más que un club de fútbol'), fue el eslogan de Agustí Montal en las elecciones en que ganó a Lluís Casacuberta.

Después tecleé en Google: "Barça ejército de Cataluña", que a mí me sonaba muy vagamente montalbaniano, tal como me la había dicho Sostres y me encontré con una pieza de Maiol Roger en El País, 'Un ejército cuatribarrado', que comenzaba así:

"Escribía Manuel Vázquez Montalbán que el Barça es el ejército desarmado de Cataluña".
Fue publicada el 27 de abril de 2013, antes, incluso, de que usted la reprodujera en su blog. Tampoco creo que la cita sea propiedad de Maiol, ni que fuera preciso citar a Sostres ni explicar en la columna todos los pasos que había dado hasta concluirla.


Verá, Barbadillo: yo no había leído su comentario. Seguramente debería, me habría ahorrado una llamada y un par de búsquedas, pero no llego a todo, no tengo tiempo. Espero que esta explicación me libere de la deuda que usted debe de considerar que he contraído con usted, aunque no es obstáculo para que, como dice uno de sus comentaristas, le invite a una cerveza si algún día nos vemos, pero si me admite un consejo, destierre la pasión adolescente de considerar que es usted quien inaugura el mundo. Esa cita junto al nombre de su autor ha sido repetida seguramente hasta la saciedad, cientos, miles de veces por ardorosos barcelonesistas, antes de que usted y yo la usáramos. Espero haberle convencido de que puestos a ilustrar algo con una cita, todos los caminos no pasan obligatoriamente por su blog.

Sobre películas y mal gusto por Dennis Lema Andrade


Por Dennis Lema Andrade - 15/03/2014

En el mundo actual, convulso y acelerado, en el que la imagen y el sonido están muy por encima de la palabra escrita, el entretenimiento ocupa el primer lugar en la lista de prioridades. Y para suerte nuestra, gran parte del mismo está contenido en una televisión, apoyada en una pared de nuestra habitación. Frente a ella, sentados en un sillón, con una pila de discos piratas en nuestra mesa de noche, pasamos mucho tiempo de nuestras vidas generalmente ante películas bastante mediocres.

Hollywood –esa industria colosal que controla el 85 por ciento del cine en el mundo, que produce más de 700 películas al año, con un costo promedio de 100 millones de dólares– tiene una oferta tan grande que es capaz de saturar las tiendas de dvd, los canales de televisión, las páginas web y las salas de cine durante todo el año, de manera tan contundente y efectiva que existe una gran masa de personas que piensan que, en lo que concierne al cine, eso es todo lo que hay.

Por supuesto que en Hollywood también se realizan películas magníficas, pero son dos o tres al año y nada más. Las 697 restantes son demasiado simples, y evitan en todo momento cualquier planteamiento arriesgado –personal, social, político, religioso, entre otros– que vaya a inquietar al espectador. Lo que se busca únicamente es entretenerlo, hacerlo descansar por un momento de su agitada y problemática vida cotidiana, y que una vez terminada la película todo vuelva a su sitio, que el mundo se ordene y el espectador pueda salir sonriente de la sala, o bien apagar la televisión, recostarse en su cama calientita y dormir en paz.
En el cine producido en esta industria la mayor parte de los guiones están estandarizados, regidos a la estructura de los tres actos –el planteamiento, la confrontación y la resolución, con dos puntos de giro entre medio–, tan utilizada y exprimida que hasta hay plantillas gratuitas para descargar por Internet. Y el producto final es tan banal que los productores no tienen otra opción que apoyarse en el “Star System” y contratar a un par de actores de moda para darle más interés a la película.

Y dentro de ese contexto están los Premios Óscar, que no son nada más que un medio muy efectivo para promocionar a las películas y a los actores de Hollywood, y que a través sus mecanismos y criterios de selección y premiación postulan que ninguna película puede ser buena si no es en inglés –¿quién cree eso fuera de los ejecutivos de Hollywood?–.

Por eso, la gente debería estar al tanto de que hay otros festivales más serios, más objetivos y más democráticos para premiar al buen cine, por ejemplo, el de Cannes, en el que excelentes películas, menos comerciales y más subversivas e interpeladoras, procedentes de muchos países y habladas en distintos idiomas, son analizadas por un jurado internacional que debate intensamente durante varios días –en los óscares son votos secretos–, hasta llegar a un acuerdo y concederle la Palma de Oro al director de la película –en los óscares el premio máximo se lo entrega a los productores–. Un ejemplo reciente que puede servir para diferenciar un excelente guión de una común superproducción, se dio el año 2012 cuando la película “Amor”, dirigida por Michael Haneke, ganó en Cannes, y la película “Argo”, de Ben Affleck, ganó los óscares. Una se filmó con dos actores en un departamento, y se constituye en una lección de cine y hasta de vida, y la otra movilizó a miles de personas por varias ciudades –Los Ángeles, Toronto, Estambul– para intentar reconstruir lo que ya sabíamos que sucedió en Teherán en 1980.

Es muy importante saber que existe otro cine además del producido en Hollywood. Hay películas que no son color rosa, sino del color de la sangre. Una película independiente le da a su autor la posibilidad de tener un mayor control sobre su trabajo, plantear variantes estilísticas y desarrollar diversos temas –prohibidos, polémicos, delicados–, que posibilitan la experimentación, el riesgo y la osadía, sin sufrir los condicionamientos de Hollywood ni la puritana censura norteamericana.

Y en este contexto está el cine boliviano, que por cierto no está representado por “El Pocholo y su marida”, que es lamentablemente uno de sus pocos éxitos de taquilla, y que refleja la afinidad de la gente por el humor fácil y vulgar. El cine boliviano es mucho más que esa película. Generalmente hizo un esfuerzo por mostrar la forma de ser del boliviano –lo que fue, lo que es, lo que piensa, lo que siente, lo que quisiera ser–, y aún no terminó de trascender lo nacional, pero a pesar de los medios modestos y el contexto desalentador en el que está inmerso tiene algunos puntos altos y mucho potencial.

Pero esto no es solamente responsabilidad de los cineastas. El público local tendrá que cambiar algunos prejuicios.

Actualmente, menosprecia lo nacional, y tiene un pésimo gusto para lo internacional, y asiste a los cines sin ningún criterio y sale de las salas sin ninguna opinión. El único criterio más o menos generalizado en la actualidad no tiene nada de artístico, es solamente el impuesto por los dueños de los cines, y de ninguna manera revela un buen gusto ni un criterio selectivo y exigente, sino solamente una operación comercial.

Para reconocer una buena película debemos comprender que el cine no está hecho por los equipos de alta tecnología, sino por los seres humanos. Y que lo que realmente importa es la voz del autor y la historia que quiere contar, en la que trasluce su manera de pensar y de ver la vida. Y que la cámara, por muy moderna que sea, no es más que un instrumento que un director utiliza para proyectar lo que están viendo sus ojos. Apenas sepamos valorar estos aspectos, nos volveremos más selectivos, y críticos, y comenzaremos a construir una opinión propia. Y así, solamente así, todo el tiempo que invertimos en nuestro sillón, sentados frente a la televisión, habrá valido la pena.


El autor es arquitecto

Opiniones compradas por Xavier Sardá

POR XAVIER SARDÀ
Periodista

Domingo, 16 de marzo del 2014


-Buenas... Venía a comprar algunas opiniones sobre la actualidad.
-¿Sabe los temas?
-No sé... Lo de Crimea y eso.
-Pues tenemos una opinión a buen precio. Resulta que Crimea solo pertenece a Ucrania desde 1954. Fue Nikita Jrushchov, el del zapato en la ONU, el que hizo el pase. Vamos, que Rusia tiene razones de peso para reivindicar Crimea como territorio propio.
-Ya, pero es que Putin me cae mal.
-Bueno, por eso es una opinión barata. Ya le he dicho que es un criterio a buen precio. En cambio, estar a favor de Europa y de EEUU y considerar al ex de Ucrania un dictador nos lo quitan de las manos. Es un poco difícil de argumentar, pero es una opinión que funciona mucho. Se trata de que la declaración de independencia de Crimea es ilegal porque la autoridad que la ha establecido, el Parlamento regional, no es legítima en la nueva situación. Además, ¿cómo se puede hacer un referendo libre con las tropas rusas en la calle?
-Pues no sé qué me parece mejor.
-Mire, si se queda con las dos le hacemos descuento.
-Es que con dos respuestas me da miedo liarme.
-Pues se lo piensa usted. ¿Algo más?

miércoles, 5 de junio de 2013

El arte de mentir por Max Gheringer

Las personas exitosas nunca mienten, pero, de vez en cuando, elaboran una versión más creativa de la verdad

Decir siempre la verdad es bueno para la reputación y peligroso para una carrera. Mentir es un arte, y la vida profesional un campo fértil para su cultivo.

Primero florece una mentirita, que es percibida y aceptada como una metáfora. Todo el mundo sabe que la frase “Se me pinchó la llanta” no siempre quiere decir exactamente eso. Y, si “Fui a un velorio” fuese siempre cierto, Brasil ya estaría despoblado. Estas son mentiritas inocentes que evitan explicaciones muchas veces embarazosas y, casi siempre, inútiles.

Después viene la mentira útil. Ella es usada cuando decir la verdad no ayuda y puede atraparnos: “Bonita corbata jefe”, por ejemplo. ¿Por qué no decir que aquellos diseños rojos sobre un fondo amarillo-diarrea parecen amebas en celo? Cuando alguien me dice “Excelente memorando”, yo me quedo aliviado porque sé que no existen memorandos excelentes: o son prácticos o son confusos, nada más.

El siguiente nivel es el de la mentira elaborada. Al contrario de sus antecesoras, esta tiene reglas:

_ La verdad es muy complicada.
_ Nadie saldrá perjudicado.
_ La posibilidad de que la verdad salga a la luz es casi nula.

La aplicación práctica: en la frase “estuve en Fortaleza investigando el mercado”, el tramo “Estuve en Fortaleza” es cierto. Ahora, “investigando el mercado” puede hasta tener una verdad comprobada por coartadas burocráticas como facturas, boletas, cuentas de hotel y restaurantes, pero lo que fue realmente “investigado” queda solo entre él, ella y las dunas.

Eso sí: la peor de todas las mentiras es aquella que es descubierta. Hace unos meses, participé de un interrogatorio que me hacía recordar la Santa Inquisición. El reo era un colega de hace años, un benefactor que hacía donaciones generosas a nombre de la empresa.

Solo que la limosna era mucha y el santo desconfió. El beneficiario de tanta caridad parecía ser el propio caritativo.

Mi colega era de aquellos que jamás olvida la regla número uno del arte de mentir: “Niegue”. En su caso, ya era una negación de la realidad. Faltaba poco para que él sea tragado por el sistema y se reencarne en uno de esos currículos que vagan por ahí, pero le quedaba la compostura de los caraduras. Hace una semana, él me llamó. Había conseguido construir una historia brillante, que explicaba todo, sin dejar ninguna cosa suelta y quería mi ayuda para esclarecer los hechos de una vez por todas. ¿Yo? De repente, me puedo convertir en cómplice. Al final, la vida profesional es una caña de pescar, y sé en cual de los dos extremos quiero estar.

Extraido de Revista G de Gestión
Máximas de Max, por Max Gheringer

Lecciones de perfil por Max Gehringer

Lo que debe saber para acomodarse a los requerimientos de conducta y actitud de la empresa

Me siento con el deber de compartir lo que he aprendido sobre cómo acomodarse al perfil que buscan algunas empresas. Primero, la parte más fácil:

VOCABULARIO

Algunas empresas tienen idiomas propios, conformados por palabras que identifican cosas comunes para cualquiera en la empresa, pero que se deben explicar a los amigos, quienes dirán: “¿Cómo? ¿Ustedes llaman portería al “welcome desk”? ¡Qué ridículo!”.

Usted concuerda, pero considera que es su deber salir defendiendo a la empresa. Calma, haga de cuenta que ella es solo otro país donde usted debe hablar con una lengua extraña. Y, fuera de ella, no culpe a sus amigos que no tienen la culpa de ser monóglotas.

PALABROTAS

Hay empresas que no soportan las palabrotas, pero hay otras que las consideran una manifestación de informalidad. En ese caso, relájese y aproveche. En lugar de decir “Creo que va a llover”, diga “Qué (palabrota) pasa con este clima” o “Clima de (palabrota)”. Y usted ganará respeto de la alta dirección que, de ahí en adelante, pasará a referirse a usted como “Aquel (palabrota) lleno de (palabrotas)”.

VESTUARIO

Ahí no hay pierde. Se trata sólo de copiar el estilo de los gerentes, porque ellos imitan el estilo de los directores que a su vez se visten igual que el presidente.

Después, viene la parte más difícil del perfil, el comportamiento.

Por tanto, atención:

JERARQUÍA

Asuma, sin restricciones, que cualquier persona con nivel jerárquico superior al suyo es un genio infalible.

ACTITUD

En cualquier situación fuera de rutina, pregunte antes de decidir. Es más, pregunte si puede decidir. Mejor todavía, espere que su jefe le diga qué hacer. Y después de hacerlo, si la decisión fue correcta, elogie a su jefe.

Y, si no fue correcta, asuma la culpa.

IDEAS

Téngalas sólo en último caso. Y nunca las llame “ideas”, porque esa palabra asusta. Puede dar la impresión de que usted sabe pensar, lo que es siempre un riesgo innecesario. Refiérase a ellas como “sugerencias”, tomando la precaución de no presentarlas nunca a más de una persona, su jefe inmediato. Si su sugerencia fuese buena, felicitaciones: él tomará posesión de ella. Y, si ella fuese tremendamente buena, su jefe le dirá que lo mejor es olvidar el asunto “hasta nuevas instrucciones”.

EQUIPO

Repita siempre que usted es un jugador del equipo, que, por definición, es aquel sujeto siempre dispuesto a absorber una parte de la culpa cuando las cosas salen mal. Y, cuando su jefe lo convoque a una reunión y diga “recuerden que todos somos aquí un equipo”, tenga por seguro que él se equivocó y está necesitando cómplices. Sea el primero en levantar la mano y proponerse como cómplice.

COMUNICACIÓN VERBAL

Elogie todo. La empresa está estudiando la posibilidad de algún día, quien sabe cuando crear un servicio de atención al consumidor. Con los ojos casi desorbitados, diga para que las paredes oigan (y ellas siempre oyen maravillosamente bien): “¡Qué idea futurista! ¿Cómo es que ninguna otra compañía lo pensó hasta ahora?”.

Extraido de Revista G de Gestión
Máximas de Max, por Max Gehringer
 
 

 

El valor de discrepar por Rafael Hernández


Cuando exponemos un argumento y es recibido con un entusiasta: “Sí, tienes razón”, “Totalmente de acuerdo”, “Estamos 100% alineados” es como música para nuestros oídos. Nos fascina. Aunque lamentablemente es una melodía que será muy buena para el ego, pero muy mala para forzar los límites de nuestra creatividad.
 
Antes de seguir, una aclaración: si alguien ofrece un planeamiento válido, no hay nada malo en reconocerlo, siempre y cuando hayamos pasado la propuesta por un tamiz crítico y llegado a la conclusión de que era acertada. El problema surge cuando por flojera, ganas de evitar conflicto o porque la persona “suele tener la razón, así que esta vez también la tiene”, optamos por concordar casi piloto automático. En ese instante, unos empiezan a olvidar el hábito de cuestionar y otros, la costumbre de recibir críticas. Y ese círculo vicioso se multiplica por diez cuando un superior jerárquico está involucrado; allí la tentación de no contratar al jefe induce a su entorno a convertirse en cacareantes ayayeros.
 
Esto, que puede sonar ofensivo, en realidad es perfectamente natural. Los humanos somos seres sociales, nos sentimos cómodos y seguros perteneciendo a un grupo, por lo que privilegiamos su estabilidad a toda costa. Conformamos ese colectivos asociándolos con nuestros pares y semejantes. Lo hacíamos en la prehistoria y hoy lo hacemos. Basta con recordar que criterios empleamos al formar equipos, sean para trabajos grupales o cuando hay olimpiadas de oficina.
Cuán tremendamente arraigado estará este paradigma que si imaginamos la dupla perfecta, lo primero que se nos viene a la cabeza son unas ‘mentes gemelas’. Ya saben: “Conoce exactamente lo que pienso, me entiende con una sola mirada, estamos sintonizados y sincronizados, por eso trabajamos tan bien”.

O sea que ¿Cuándo dos personas piensan distinto trabajan mal? Veamos: en su muy difundida charla en los TED, Margaret Heffernan –escritora sobre temas de liderazgo, empresa e innovación- cuenta la historia de Alice Stewart, la epistemóloga gracias a la cual no sacamos radiografía a mujeres embarazadas.
 
Corrían los años cincuenta, y la sabiduría médica convencional decía que los rayos X eran inofensivos para la madre y el feto. Pero Alice Stewart empezaba a recolectar evidencia que indicaba lo contrario. Durante 25 años luchó por convencer al establishment médico de su teoría. 25 años oyéndolos decir que estaba errada. Esto, lejos de desanimarla, la impuso a proseguir sus investigaciones hasta que por fin logró establecer que estaba en lo correcto.
¿Su secreto? Trabajaba con una dupla que en lugar de reafirmarla hacía lo indecible por refutarla. El nombre de esta prueba de tortura andante era George Kneale. Alguien tan enloquecedoramente minucioso que no había forma de que Stewart se le escapara ningún cabo suelto. Haber superado, una y otra y otra vez, esos miles de peros le permitió no simplemente creer que estaba en lo cierto, sino saberlo.
 
Ahora volvamos al presente y preguntémonos ¿Cuántos estaríamos dispuestos a trabajar con un socio que parezca una a trabajar con un socio que parezca una piedra en el zapato? Imagino que pocos, pues la mayoría prefiere esa idílica zona de confort donde los individuos se dividen en dos: los que tienen las soluciones y los que aplauden. Un statu quo sin duda cómodo y armónico, pero poco productivo.

La creatividad nace del conflicto, de mezclar elementos que no tienen nada que ver uno con el otro, de retarse y negarse a aceptar soluciones convencionales. La antigua regla del brainstorming que prohibía decir ‘No’ ha caído en desuso justamente por que alimentaba la complacencia.
Como ocurre con tantas cosas, es más fácil decirlo que hacerlo. Algunos no saben decir que no. Otros saben hacerlo pero por las razones equivocadas, para aparentar una exigencia que en realidad es pura estrechez mental. Y del otro extremo, no todos tienen la humildad y la apertura para aceptar la disección de sus propuestas. A todos ellos debemos decirles lo sentimos pero ¡NO!
Discrepar requiere valor y genera valor. Lo requiere valor y genera valor.

Lo requiere porque no cualquiera se atreve a plantearse ante alguien a quien el resto sigue a ojos cerrados. Y lo genera porque estimula la aparición de ideas disruptoras y, sobretodo, inexpugnables.
 
Rafael Hernández
Director de planeamiento estratégico de Publicidad Causa

CARACTERÍSTICAS DEL POPULISTA

En este vídeo podrás identificar al político populista con ejemplos de la vida real en la realidad peruana que por desgracia no ha tocado vi...