domingo, 19 de febrero de 2017

Un día de furia



Este es el título de una película estadounidense de thriller psicológico y neo-noir estrenada en 1992.  Se trata sobre la tensión y la frustración que genera en muchas personas la vida moderna en las grandes ciudades. El protagonista decide enfrentarse a las adversidades, y lo hace de forma violenta. Otras muchas personas en la vida real quisieran enfrentarse también, aunque de forma menos violenta, pero no lo hacen por civismo, y a cambio sufren estrés y otros males resultantes de la tensión.

El día de furia sucedió en Lima. Cinco personas murieron y varias resultaron heridas.  Eduardo Romero (32), el asesino, era un humilde vendedor de salchipapas pero en su imaginario, escondía su lado más oscuro, escondía la imagen de un hombre con poder, el que pretendía ser, el que empezó a ser cuando hizo el servicio militar.

En su página de Facebook, exhibía sus tatuajes tribales como homenaje al demonio, su imagen de gangster, videojuegos de guerra, lentes oscuros, ropa de marca, moto lineal y las pistolas que usó en la masacre.

En este tipo de casos las personas guardan sentimientos violentos y que podrían tener historias de abusos en su entorno.  Probablemente crónico y de larga data.

Para sus familiares era una persona inofensiva que sólo le gustaba mostrar fotografías de contenido violento como una broma, pero puede ser que en su interior tuviera una historia, donde se sentía impotente y cargando mucho rencor.

La intervención de las autoridades a su única fuente de ingreso fue como si pensara “un abuso más ya no lo voy a soportar”.  El decomiso de su carrito sanguchero fue el detonante. Sintió que su única fuente para salir de la pobreza se la arrebataban, entonces el mundo se le vino encima.
 
Entonces es ahí donde se genera un punto de quiebre donde todo lo que se estaba amalgamando con los años, de rencor y de agresividad, sale de una forma brutal. 
Disparó al inspector municipal.  El primer disparo gatilló su euforia por matar. Al parecer su naturaleza, era la de un psicópata. “Estoy pensando en…bueno, dejar salir mi otro yo” escribió en su muro.

Cuando hay mucha acumulación de frustración y hay una grave crisis emocional, cualquier persona podría reaccionar de esta manera así no padezca de un trastorno mental diagnosticado. Eso es lo preocupante.  ¿Cuántas personas más estarán en esta situación?

Los problemas mentales constituyen el 12% de la carga mundial de enfermedades, según un informe sobre la salud en el mundo.  En el Perú, los más pobres son los más afectados debido al escaso acceso a los servicios psiquiátricos.

Según el Ministerio de Salud, el 30% de los limeños tiene problemas de salud mental y para atender esta situación solo hay un psiquiatra para cada 300 mil peruanos.

El Perú solo cuenta con 700 psiquiatras y 1500 psicólogos. Además, según una encuesta del Instituto Integración, seis de cada diez peruanos señala que su vida ha sido estresante el último año.


Por otro lado, uno se pregunta cómo hizo para pasar el examen psicológico y poder portar un arma.  Es de terror pensar que haya personas que puedan burlar los exámenes psicológicos y obtener una licencia para matar.

Es bueno traer a colación la definición de lo que es la Cultura Tanática, importada del primer mundo y que se está instalando en nuestros países.  Sólo basta recordar las masacres ocurridas en Estados Unidos y en otros países.  Es la cultura de la muerte, donde la vida no vale nada, mal de la sociedad postmoderna.

Por un lado, pletórica de prosperidad, conocimiento, información y tecnología de última generación; y por el otro, materialista, consumista, banal, hedonista, individualista y adicta a la violencia, con su masiva secuela tanática: exterminio masivo, magnicidio, homicidio, suicidio, parricidio, filicidio, uxoricidio o fratricidio; espectro de muerte violenta ante el cual, progresivamente, la sociedad global se torna insensible, acostumbrada al cotidiano frenesí mediático, cuya deidad crematística, el rating, condiciona el marketing tanático, ajeno a la sensibilidad humana.  Eso de repetir veinte veces matanzas de seres humanos en vivo, de cuatro ángulos distintos en los noticieros de la mañana, es muestra de ello.

La sociedad global posee dos caras, la de la prosperidad y la de la deshumanización masiva. Al lado de la riqueza extrema y la opulencia se encuentra la pobreza y pobreza extrema. Entre ambas, hay brechas insalvables.

Debemos preguntarnos ¿en qué sociedad vivimos? Nuestra sociedad es una sociedad caníbal, altamente robotizada, adicta al dinero y autodestructiva.  Expertos indican que réplicas de este atentado pueden repetirse.  Es decir, esto recién empieza.  Porque esto está alentado por los grupos de poder omnímodo, económico, político y mafioso, excluyentes de las mayorías sociales, que demuestran su codicia, soberbia, insensibilidad e insania.

La violencia se exhibe en las redes.  Ámbitos que deberían ser sólo para el debate de ideas y exposición de opiniones, en realidad se han convertido en una patente de corso para ejercer cotidianamente violencia extrema. 

Lamentablemente, para que la salud mental pueda ser accesible a los peruanos de escasos recursos se debe implementar centros de salud mental en hospitales regionales y distritales del país para que los pacientes no tengan que viajar hasta Lima.

Así está el Perú en salud mental.

Fuentes:

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